EL EVANGELIO, EL ORO Y LA GLORIA

El siglo dieciséis fue testigo de la cruel explotación del continente americano a manos de los conquistadores europeos. Pero, ese daño no le llega ni a los tobillos al infinito beneficio que les trajo en menos de la mitad de ese tiempo el conquistador Jesucristo. A diferencia de los conquistadores, Cristo no los mató ni los hizo esclavos con el fin de venderlos a cualquier precio, sino que murió en su lugar, pagando así el precio supremo por su redención con el fin de liberarlos de la esclavitud del pecado.

EL MACHISMO Y EL SIDA

Cristo puede entrar en nuestra vida desalojando de nosotros todo lo que es malo. Él puede regenerarnos y limpiarnos, y hacer de nosotros —de cada hombre y cada mujer que se entrega a Él— una nueva persona. Cristo, y no la religión, es lo que salva. Dejémoslo entrar en nuestro corazón. Ese será el principio de una nueva vida. Dejemos que entre hoy mismo. Él quiere ser el Señor de nuestra vida.

“LA PEOR HUELGAS DE TODAS”

Son muchas las inmundicias que fácilmente dejamos entrar en nuestra vida. La lista es larga, y las manchas, negras. ¿Qué del desfalco? ¿Qué del odio? ¿Qué de la ofensa? ¿Qué de la avaricia? Todo eso es basura que ahoga nuestro bienestar. Ya es hora de que quememos esa basura. De otro modo nuestra vida entera tendrá un hedor tan fuerte que sólo otro sucio la podrá aguantar. La Biblia dice que la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, nos limpia de todo pecado (1 Juan 1:7).

“VIVA LA JUSTICIA”

Gracias a Dios, fue por los méritos de ese sacrificio supremo de su Hijo Jesucristo que surgió el cristianismo como una arrolladora fuerza moral y espiritual que estableció los principios de igualdad y justicia para todo el género humano. Y fueron esos principios bíblicos los que iluminaron la senda de aquella patriota puertorriqueña en el siglo diecinueve, e iluminan la nuestra en el siglo veintiuno, para que rompamos las cadenas de la opresión del pecado y cantemos con Cristo la canción de la libertad del alma.