“EL PRIMER BESO”

“El primer beso”, es el título de un poema, uno de los favoritos de quienes  hemos tenido la dicha de disfrutarlo por escrito o declamándolo, sobre todo a los que nos encanta lo romántico y tenemos en alta estima a su autor mexicano, Amado Nervo, considerado el poeta del amor puro y sincero.

¡Qué bien le viene al corazón recordar su primer beso, y más aún como manifestación de un primer amor febril y a la vez inocente! ¡Y qué bien que en estos versos el autor ocupe solamente los primeros seis para describir ese primer beso que le dio a la encantadora joven de sus sueños, mientras que dedica los catorce versos siguientes a una descripción apasionada de la dicha que sintió como resultado! No hay duda de que lo que más le importa a Nervo es representar la incomparable alegría que le produjo aquella experiencia inolvidable.

Algo parecido sucede con respecto al primer amor que experimentamos cuando comenzamos a cultivar una relación íntima con Dios. Para que podamos tener esa relación, es necesario derribar la barrera del pecado que nos ha separado de Él.

Pero gracias a Dios, Él nos ha venido cortejando con el fin de mostrarnos que nos ama tanto que envió a su Hijo Jesucristo al mundo para pagar el castigo de nuestro pecado al morir en nuestro lugar. Lo único que pide de nosotros es que aceptemos esa prueba de su amor infinito, confesándole nuestros pecados y pidiéndole perdón.

Ese es el momento del primer beso espiritual, que es como el primer beso físico en el sentido de que es la señal que demuestra que el amor es correspondido. Y como resultado, la dicha que siente Dios se desborda hasta llegar al cielo, donde Él se alegra junto con sus ángeles. Jesucristo mismo describe lo que ocurre al afirmar que hay más alegría en el cielo por un solo pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse.

En realidad, no debiera extrañarnos en absoluto semejante alegría celestial. Cuando correspondemos al amor de Dios con el primer beso espiritual de arrepentimiento de nuestro pecado, Él no puede menos que alegrarse por otra muestra de que no fue en vano el sacrificio de Jesucristo por nosotros. Y al observarlo, nosotros no podemos menos que decir: “Gracias, Señor, por esa alegría”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *